LA COMIDA

 

Si hablamos de Roma y su gastronomía, la primera imagen que nos viene a la mente es un copioso banquete, en el que los comensales están reclinados en una especie de diván; los visualizamos bebiendo vino y  alternado conversaciones hombres y mujeres.

La cena es servida por jovencitas, jovencitos, maduritos, maduritas.......algo divino con un cuerpo delicioso. A medida que va discurriendo la velada el vino hace cosas que el hombre desea y no se atreve,  después de la cena, ya esta, lo tenemos muy claro, ahora toca el siguiente plato, la orgía. Ya no se si me lo estoy imaginando o si seria así o no, pero me esta entrando un hambre.

 

Los primeros romanos solo conocían una serie de alimentos básicos, comían solo para alimentarse. Los platos más comunes eran el Palmetum, papilla de mijo, o guisantes; el Puls, gachas de harina de trigo y otros cereales a la que en ocasiones añadían manteca; la Polenta, gachas realizadas con harina de cebada. El pan era su alimento estrella. De vez en cuando comían huevos, queso de oveja o cabra, aceitunas, verduras, frutas, sopas y legumbres. La carnes se comían poco, pero cuando consumían carne solían comer pollo o cerdo y los más adinerados buey. El pescado solo se comía en la costa.

Con la expansión y el comercio a partir de finales del siglo III a.e.c. la gastronomía se revolucionó con nuevos alimentos. Manzanas, melones, albaricoques, higos, dátiles, en general alimentos de Egipto, Grecia y Asia. Se puso de moda los platos muy especiados y fuertes. De la austeridad pasaron al exceso y en el 95 a.e.c. se fijó un limite a la cantidad de alimentos que se podían servir en los banquetes, la Ley Licina.

La elaboración de la comida eran cada vez más laboriosa, al principio se encargaban de ella los esclavos pero poco a poco se fue especializando la cocina y nacieron  los cocineros, rápidamente se pusieron de moda y sus servicios eran muy caros.

En la época imperial los romanos realizaban tres comidas, dos ligeras que era el desayuno, ientaculum y la comida o almuerzo, prandium y otra más contundente que era la cena.

Por la mañana solían tomar un trozo de pan mojado en leche, un huevo y aceitunas. A medio día comían queso de oveja o cabra y un trozo de carne. En la cena se servían unos entremeses, un primer plato de carne o pescado y para finalizar postre.

Los romanos disponían de ganado bovino, ovino y caprino, pero sobre todo apreciaban  los productos de la caza. Comían avestruz, ciervo y jabalí, y también pollo y ternera. La carne se conservaba seca o salada. En la época imperial se comía mucho pescado fresco y en salazón, y les encantaban el marisco, pero lo que más se consumía era la morena. Las hortalizas y verduras inicialmente silvestres, se convirtieron en la base de la alimentación romana. Las especias eran un componente indispensable en la cocina. Los primeros dulces estaban preparados en casa a base de frutas, harinas, agua y leche, y se aderezaban con pimienta y miel antes de servirse.
El vino dulce se elaboraba con miel, hidromiel, ya que la caña de azúcar que llegaba de Egipto era un producto carísimo. El vino era utilizado sólo para los ritos religiosos, pasó después a formar parte de las costumbres populares, aunque estaba prohibido para las mujeres y hombres menores de 30 años.

Los romanos eran muy religiosos y supersticiosos. Antes de cada comida realizaban ritos de agradecimiento durante los que se ofrecía comida y vino a los lares, divinidades protectoras de la casa.

En las casas pobres no se solía cocinar, las insulae, que eran casas de 5 o 6 pisos de altura, como una finca de hoy, por miedo de provocar un incendio los platos se servían fríos. Para comer de caliente acudían a las tabernas, donde servían carne o pescado a la brasa muy condimentado y de beber vino. Comían con cuchara o las manos. Los alimentos generalmente eran triturados, los romanos eran expertos en albóndigas, purés y sopas.

En las villas o casas de adinerados el triclinium era una sala con tres lechos, en torno a una mesa de la que todos se servían. Los comensales se recostaban sobre el brazo izquierdo y comían con los pies descalzos. En cada uno de los lechos se instalaban tres personas en sus respectivos lugares de derecha a izquierda: lecho superior, medio e inferior. Las casas romanas poseían por lo menos dos triclinium, uno de verano y otro de invierno, según la dirección del sol.

La cena se abre con el lavado de las manos después de haber salido del baño en las termas. Viene a continuación la gustatio o entrada de aperitivos, que serian los entremeses. La cena propiamente dicha, summa cena, constaba de cuatro platos o servicios, y era regada con vino abundante. Se terminaba con la secundae mensae o postre, consistente en manjares condimentados secos para favorecer la bebida, que al final era muy copiosa. Aún quedaba para la clase acomodada la comissatio que sigue a la comida. Es un especie de segundo festín en que se bebe abundantemente. Se elige por sorteo un magister bibendi, quien fijaba la cantidad que hay que beber y la proporción de la mezcla, pues el vino se mezclaba con agua caliente, fría o helada. Se ha de advertir que los romanos bebían el vino puro merum, mezclado con agua y especias. El vino puro sin mezcla, lo reservaban para las ofrendas y cultos religiosos.

Los comensales utilizaban los dedos para comer; por ello, antes, durante y después del banquete, los esclavos, con aguamaniles, vertían agua fresca y perfumada en sus manos. Eructar estaba bien visto y los invitados a un banquete estaban autorizados por edicto imperial, realizado por Claudio, a expulsar gases libremente. En algunas casas había una bacinilla en el comedor para necesidades mayores. Si se tenia ganas de vomitar se metían una pluma de pavo en la garganta, y posteriormente, se enjuagaban con vino y a seguir comiendo. Cuando terminaba el banquete, se podían llevar los restos de la cena a casa con su servilleta que habían traído; así se alababa al anfitrión.

En las tertulias de la cena se hablaba sobre la muerte, se ofrecían regalos o pequeñas sumas de dinero, y se  rendía culto a los Lares.... En los postres se debatían temas filosóficos o literarios y se recitaban versos. Los invitados se perfumaban y coronaban de flores, y se cantaba.

Marco Gavio Apicio (Caius Apicius), nacido hacia el 25 a.e.c., autor del libro de recetas De re coquinaria libri decem (Los diez libros de cocina) seguramente es el que más y mejor constancia han dejado de la comida y de las tradiciones culinarias en la época romana. Apicio se hizo de notar por sus extravagancias y por sus gustos un poquito caros. Inventó un procedimiento para cebar a las truchas con higos secos, que les engordara el hígado; así como unas recetas de lenguas de flamenco o de ruiseñor, de pezones de cerda, talones de camello y de numerosísimos pasteles y salsas. Gastó toda su fortuna en suntuosos banquetes hasta un día en que, al contar lo que le quedaba, diez millones de sestercios, considero que estaba arruinado y se corto las venas.                                

Los títulos, de los diez libros de Apicio, son los siguientes:

  1. Epimeles. Reglas culinarias, remedios caseros, especias.

  2. Artopus. Estofados, picados, etc.

  3. Cepuros. Hierbas que sirven para cocinar.

  4. Pandecter. Generalidades.

  5. Osprión. De las verduras.

  6. Tropherter. De las aves.

  7. Polyteles. Excesos y exquisiteces.

  8. Tetrapus. De los cuadrúpedos.

  9. Thalassa. Del mar.

  10. Halieus vel halieuticon. Del pescado y sus variedades.

Aunque también existieron otros cocineros como Ambivio, Macio y Pretonio que nos narra la vida romana en la época de Nerón con su obra Satiricon. La narración corre a cargo de Encolpo, la escena discurre en varias ciudades de la Italia meridional. Uno de los capítulos más importantes es el del banquete dado en la casa del liberto adinerado Trimalcion. Gracias a esta obra nos podemos hacer un fiel retrato de como se disponía una mesa en una casa de ricos. Veamos unos capítulos:

 

CAPITULO 31
Le dimos las gracias por tan gran favor, pero al entrar en el triclinio el esclavo por quien habíamos intercedido se nos acercó otra vez. Ante nuestra estupefacción, nos cubrió de besos en agradecimiento a nuestra sensibilidad humana.
-Más tarde veréis a quien habéis socorrido -nos dijo-. El escanciador agradece con el vino del patrón. (....) repara la flagelación.
Por fin nos instalamos para comer. Unos esclavos de Alejandría se pusieron a lavarnos las manos con agua de nieve. Luego estos fueron reemplazados por otros que se postraron ante nosotros para extirpamos con suma maestría los padrastros de los pies. Hay que añadir que esta delicada tarea no la ejecutaban en silencio sino que al mismo tiempo cantaban. Con la curiosidad de cerciorarme si todos los fámulos cantaban, pedí de beber, y un solícito esclavo vino a servirme cantando con una voz no menos desafinada. Lo mismo hacían todos a quienes se pedía algo. Daba la impresión de estar en medio de un coro de pantomimas y no en el triclinio de un paterfamilias.
Se trajo la entrada que fue digna de alabanza. Todos estábamos ya recostados, excepto el propio Trimalción a quien, según la nueva moda, se le había reservado el primer lugar.
En la fuente destinada a las entradas se había colocado un pequeño asno de bronce corintio con una albarda que contenía aceitunas verdes en una alforja y negras en la otra.
Encima del asnillo había dos bandejas de plata en cuyos bordes se había grabado el nombre de Trimalción y el peso del metal. Se habían soldado unas pasarelas de las que colgaban lirones aderezados con miel y adormidera. Se veían también unos salchichones humeantes en un anafe de plata y, debajo de este anafe, ciruelas de Siria con pepitas de granada


CAPITULO 32
Estas magnificencias nos tenían deslumbrados. En ese momento apareció Trimalción. Se le transportaba al son de la música y fue depositado en medio de pequeñísimos cojines.
Lo imprevisto de la escena nos hizo soltar la carcajada, y no era para menos: su cráneo afeitado sobresalía de su palio escarlata. En sus hombros cargados con el vestido se había puesto una servilleta con laticlavia, llena de flecos que colgaban por todos lados. En el meñique de su izquierda tenía un gran anillo ligeramente dorado y, en la última falange del anular, otro más pequeño que, según se veía, era de oro macizo pero con una especie de estrellas de hierro engastadas. y como no le había parecido bastante exhibir todo este lujo, mostraba desnudo su brazo derecho para lucir un brazalete de oro y una pulsera de marfil abrochada con una placa de esmalte.

 
CAPITULO 33
Después de mondarse los dientes con un alfiler de plata, nos dirigió estas palabras:
-No me apetecía todavía, amigos míos, venir al triclinio pero lo he hecho para no incomodaros más con mi ausencia. Por vosotros me he abstenido de todas mis diversiones. Me permitiréis, empero, terminar la partida
El siervo lo seguía con un tablero de terebinto y unos dados de cristal. Todo traslucía un refinamiento exquisito. En lugar de peones blancos y negros, tenía monedas de oro y plata. Al jugar soltaba todo el repertorio de groserías propias de tejedores.
Todavía no habíamos acabado las entradas cuando se nos sirvió un gran repositorio con una cesta encima. En ella había una gallina de madera con las alas desplegadas en torno como suelen hacerlo las cluecas. Luego se aproximaron dos esclavos y, al son de la música, se pusieron a rebuscar en la paja, y sacaron de abajo varios huevos de pavo real que fueron distribuidos a los comensales. Trimalción, contemplando esta escenificación, nos dijo:
-Amigos, he hecho incubar huevos de pavo real por una gallina y me temo, por Hércules, que ya estén empollados. Probemos, sin embargo, si todavía están sorbibles.
Recibimos unas cucharas que por lo menos pesaban media libra, y cascamos los huevos que estaban muy bien hechos de pasta. Casi arrojé mi porción pues creí que ya estaba formado el pollo, pero oí decir a una vieja comensal:
-No sé qué delicia debe de haber aquí.
Continué, pues, descascarándolo con la mano y me encontré con un gordísimo papafigo arrebolado en salsa de yema de huevo y pimienta.
 
CAPITULO 34
Trimalción suspendió la partida y también se hizo servir todo lo antedicho. En voz alta nos autorizó a escanciar, si queríamos, más vino-miel.
De pronto a una señal de la orquesta, un coro de cantores retiró los platos de la entrada. En el ajetreo se cayó casualmente un azafate, y un esclavo lo recogió del suelo.
Al mirar esto, Trimalción ordenó castigar a puñetazos al muchacho y tirar otra vez al suelo el azafate. Apareció el analectario quien empezó a barrer con una escoba la vajilla de plata junto con todos los restos de comida.
Entraron después dos etíopes melenudos con unos pequeños odres, de los que se usan en el anfiteatro para esparcir arena, y vertieron vino en nuestras manos. Agua, empero, nadie nos sirvió. Se felicitó por estos elegantes detalles al patrón, que respondió:
- Marte ama la igualdad.
Por esta razón he asignado a cada uno su mesa. Así este tropel de apestosos esclavos nos darán menos calor con su presencias.
Al punto nos trajeron unas ánforas de vidrio, cuidadosamente selladas con yeso, en cuyos cuellos estaba pegada esta etiqueta: «Falerno Opimiano de cien años.»
Mientras descifrábamos la escritura, Trimalción batiendo palmas exclamó:
- ¡Oh, fatalidad! ¡Por consiguiente el vino vive más que el pobre hombre! Mojémonos pues el gaznate. La vida es vino. Os estoy sirviendo un legítimo Opimiano. Ayer ofrecí otro no tan bueno a pesar de que cenaban conmigo personas mucho más distinguidas.
Bebimos sin dejar de advertir todas estas demostraciones de buen gusto. En ese momento un esclavo trajo un esqueleto de plata fabricado de tal manera que, móviles, las articulaciones y vértebras se doblaban en todo sentido. Trimalción lo arrojó varias veces sobre la mesa para que adoptase así diversas poses a causa de la movilidad de sus coyunturas.
Añadió: ¡Ay! ¡Miserables de nosotros! ¡Qué impotencia la del pobre hombre! Todos así seremos cuando el Orco nos recoja. Vivamos, pues, en tanto que existir con salud permitido nos sea.

 
CAPITULO 35
A esta lamentación siguió un plato no tan grande como esperábamos, pero tan original que provocó nuestra admiración. Era un repositorio redondo con los doce signos (del Zodíaco) dispuestos alrededor. Sobre Aries, garbanzos picudos . Sobre Tauro, un trozo de buey. Sobre Géminis, criadillas y riñones. Sobre Cáncer, una corona. Sobre Leo, un higo de África. Sobre Virgo, una vulva de marrana virgen . Sobre Libra, una balanza con un pastel en un platillo, y un bizcocho en el otro. Sobre Escorpio, un pececillo de mar . Sobre Sagitario, un caracol. Sobre Capricornio, una langosta marina . Sobre Acuario, un ganso. Sobre Piscis, dos lisas . En el centro había un terrón, extraído con césped y todo, que sostenía un panal de abeja.
Un esclavo egipcio daba vueltas sirviéndonos el pan directamente de un anafe de plata. [...] y el mismo también con horrorosa voz desgarró los aires con una canción del mimo del «Mercader de laserpicio»
Trimalción viendo el asco con que comíamos tan vulgares alimentos, dijo:
-¡Animo! Cenemos, que estos son los gajes de las cenas.

CAPITULO 36                                                                                                                                                                                                          Cuando acabó de hablar, se presentaron cuatro danzarines y, al compás de la música, levantaron la tapa del piso superior del repositorio. Esta operación nos permitió ver debajo (en otro plato) pollos cebados y ubres de marrana!. En el centro había una liebre decorada con alas para que pareciese un Pegaso. También notamos en las esquinas del repositorio cuatro Marsias con odrecillos que vertían garo con pimienta sobre unos pescados que parecían nadar en un canal. A iniciativa de la servidumbre, aplaudimos y atacamos con alegría estos exquisitos manjares.

Trimalción, no menos contento también de su artificio, ordenó:

-¡Corta!- y al punto se acercó el escudero trinchante, quien cortó la carne acompasando sus movimientos con la música. Hacía pensar en un esedario que luchaba al son de un órgano hidráulico y Trimalción no cesaba de repetir, alargando las sílabas:

-¡Corta, corta!  

Tanto repetía esta palabra que sospeché que se escondía allí alguna broma. Sin empacho pedí información al vecino de mi izquierda, quien otras veces ya había presenciado esta clase de juegos.

-Mira -me explicó-, la persona que corta la carne se llama Carpo. Así, al decir: ¡Corta!, con la misma palabra llama a este esclavo y le ordena.

CAPITULO 37

Como ya no me entraba un solo bocado más, me volví hacia mi vecino para sonsacarle todo lo posible, empezando por lo que se contaba de su pasado. Pregúntele quién era una mujer que iba de un lado a otro sin descansar.

- Es la mujer de Trimalción -respondió-. Se llama Fortunata, y no es para menos, pues su dinero lo cuenta por modios . Y no hace mucho tiempo ¿qué era ella? Tu Genio me perdonará, pero te habría dado pena aceptar un pan de su mano. Ahora, sin que sepamos ni cómo ni por qué, está en la gloria y es la factótum de Trimalción.

Basta que ella le diga que es de noche en pleno día para que él lo crea. Él mismo no sabe lo que posee, tan opulento es. Pero esta zorra tiene los ojos puestos en todo y está presente donde menos te lo esperas. No come ni bebe mucho y es de gran iniciativa.

Ahí donde la ves, vale su peso en oro. Pero es tan mala lengua como una urraca de almohada: a quien estima lo mima de veras, pero a quien no, lo detesta de alma. Las fincas de Trimalción son tan grandes cuanto vuelan los milanos. Tiene una enorme riqueza. Hay más plata en el recinto de su portero que en el tesoro de cualquiera de nosotros. En lo que atañe a sus esclavos -¡ayayay! ¡Hércules me es testigo!-, no creo que la décima parte de ellos conozca a su patrón. Para resumir, te diré que es capaz de meter en una hoja de ruda  a cualquiera de los babiecas  que aquí ves.

CAPITULO 38

Y no vayas a creer que él necesite hacer compras, pues todo le crece en sus propiedades: lana, cedros, pimienta. Si buscas leche de gallina, aquí la puedes encontrar. Un ejemplo: como la lana que producía no era de su agrado, ha comprado carneros de Tarento, y los ha cruzado con su rebaño. Para obtener en sus tierras miel ática, ha importado abejas de Atenas. Al mismo tiempo mejoró las vernáculas porque se cruzaron con la abejas griegas.

A propósito, hace unos días ha pedido por escrito a la India un envío de esporas de agárico. Si se trata de mulas, todas las que tiene son nacidas de onagros. Fíjate cuantos cojines hay aquí: no hay uno que no esté relleno de lana púrpura o escarlata. En esto consiste su máxima felicidad. Y cuidado con menospreciar a estos otros libertos. Ellos también tienen mucho jugo. Mira a aquel que está recostado en el  sitio inferior del lecho inferior: hoy en día debe tener ya sus ochocientos mil sestercios, y ha salido de la nada. No hace mucho su ocupación era cargar leña en su lomo. No sé nada, sólo he escuchado, pero la gente dice que logró agarrar el píleo de un íncubo y encontrar así un tesoro. No envidio a nadie los dones de los dioses, pero este tiene fresca la bofetada y no está dispuesto a que le vaya mal.

Recientemente expuso el siguiente letrero: «Cayo Pompeyo Diógenes, por haberse comprado una casa, alquila su desván a partir de las calendas de julio» . Y aquel otro que está echado en el sitio del libertino, ¡qué vida la que se ha dado! y no se lo reprocho porque, después de haber visto hasta un millón de sestercios, ha caído en la miseria. No creo que tenga libre de hipoteca un solo pelo suyo. Y, por Hércules, que no fue por su culpa. No hay hombre mejor que él, pero son los canallas de sus libertas los que se han aprovechado de todo. Aprende esto: nunca se cocina bien en la cacerola de los socios, y los amigos desaparecen cuando la situación empieza a decaer. 

Así como lo ves, antes se dedicaba a un negocio muy decente pues era empresario de pompas fúnebres. Solía cenar como un rey: jabalíes con su gausapa, prodigios de pastelería, aves de toda clase, cocineros panaderos... Debajo de su mesa corría más vino que el que cualquiera de nosotros posee en su bodega. Un sueño, no un hombre. Cuando sus negocios bajaron, y como tenía miedo de que sus acreedores se diesen cuenta de lo mal que le iba, anunció una subasta  que decía: «Cayo Julio Próculo rematará lo superfluo de su mobiliario.»

CAPITULO 39

Trimalción interrumpió tan entretenida plática. Ya habían retirado el primer servicio, y los comensales, eufóricos, empezaron a echar mano del vino y a comentar historias.

Aquel, reclinándose en el codo, nos dijo:

-Vosotros debéis suavizar este vino. Los peces están hechos para nadar ¿Creéis, por ventura, que me contento con serviros lo que habéis visto en los compartimientos del repositorio? «¿Es así cómo conocéis a Ulises? » A ver, vamos, ¿qué es esto? Aun en las cenas hay que acordarse de la erudición. Mi patrón, que en paz descansen sus huesos, quiso hacer de mí un hombre sobresaliente. Nadie puede sorprenderme con novedades: aquel plato os ha dado la prueba (pues requiere una explicación). Este cielo, habitado por doce dioses, se nos presenta bajo otras tantas formas, y aquí lo vemos como Aries. Los nacidos en este signo tienen muchos rebaños y mucha lana, pero además, la cabeza dura, la frente sin vergüenza y el cuerno puntiagudo. En este signo nacen la mayor parte de los gramáticas y de los testarrones.

Alabamos a nuestro astrólogo por su fino humor, y prosiguió:

- Después todo el cielo se transforma en el querido Tauro: y entonces nace la gente chúcara, los yugueros y los que pacen sin pastores. En Géminis nacen los caballos de biga, los bueyes de yugo , los cojones y los que se frotan en ambas paredes. En Cáncer nací yo. Por eso me sostengo en muchos pies ya que tengo muchas propiedades en mar y tierra, pues en ambos elementos el cangrejo se las apaña bien. Esta es la razón por la que antes no puse nada sobre este signo: no quiero parecer pedigüeño a mi estrella. En Leo nacen los tragones y los autoritarios . En Virgo, los afeminados, los fugitivos y los que llevan grillos en los pies. En Libra, los carniceros, los perfumistas y todos los que venden al peso. En Escorpio, los envenenadores y los asesinos. En Sagitario, los bizcos: los que miran la verdura y cogen el tocino. En Capricornio, los atormentados, a los que por su mal genio les nacen cuernos. En Acuario, los taberneros  y los calabazas En Piscis, los cocineros y los rétores. De esta manera el orbe gira como una rueda de molino, ejerciendo siempre su maleficio tanto en el nacimiento como en la muerte de los humanos. En cuanto al césped que veis en el centro y al panal colocado sobre él, sabed que no hago nada sin intención. En el centro está la madre Tierra, redonda como un huevo. Todo lo bueno, como aquel panal, está contenido en ella.

CAPITULO 40

i Bravo! gritamos todos y, levantando las manos al techo, juramos que Hiparco y Arato no valían nada en comparación suya.

Mientras tanto, unos sirvientes que habían entrado colocaron en los lechos frazadas con bordados de redes, cazadores con venablos y todo un equipo de montería. Todavía no sabíamos qué suposiciones hacer cuando, de pronto, un gran alboroto se alzó a la puerta del triclinio, y he aquí que una jauría de perros laconios irrumpió metiéndose hasta debajo de la mesa.

Cuando se fueron, se trajo un repositorio sobre el que iba un jabalí de lo más descomunal y con un píleo por añadidura. De sus colmillos pendían dos canastillas de palma, una con dátiles cariotas y otra con dátiles tebaicos. Alrededor la bestia tenía unos lechoncitos de mazapán en posición de mamar, para dar a entender que se trataba de una hembra. Los lechones, por supuesto, nos fueron distribuidos como recuerdos.

Además contaré que, para cortar el jabalí, no vino aquel: Carpo que despedazó los pollos cebados, sino un gran barbudo con las pantorrillas ceñidas con correas y envuelto en un multicolor manto de caza. Desenvainó éste un cuchillo de caza, lo clavó con fuerza en las costillas del jabalí, y varios tordos escaparon volando del corte.

Unos pajareros con sus varetas ya estaban preparados para esto, y al instante atraparon las aves que revoloteaban en el triclinio. Trimalción ordenó damos un pájaro a cada uno.

-Mirad -decía- las finísimas bellotas con que se alimentaba este cerdo salvaje.

Seguidamente los esclavos tomaron las canastillas que colgaban de los colmillos y distribuyeron a los comensales porciones iguales de dátiles cariotas y tebaicos.

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Tomar nota de algunas recetas y elaborarlas para poder ofrecer un banquete romano en el triclinium de casa a vuestros amigos. Buen provecho.

 

Garum

La base del garum consistía en la maceración en sal de los despojos de pescado (huevas, sangre, intestinos, agallas...) de atún, bonito, esturión, salmón, palometa, melva, tonina, boquerón (anchoa), júreles, sardinas, anguilas y sobre todo caballa, a menudo mezclado con peces pequeños enteros. Su sabor era bastante fuerte y podía variar si se le añadían gambas, erizos, ostras, berberechos, almejas u otros tipos de moluscos. La fórmula según Gargilio Marcial, citada en el "Satiricón" de Petronio, describe como se introducía en una vasija de unos 30 litros de capacidad, un fondo de hierbas aromáticas como el anís, hinojo, menta, albahaca, tomillo y orégano; luego otra de pescado (vísceras y trozos de pescado grande mezclados con pescados pequeños); finalmente una capa de sal y así alternativamente hasta cubrir la vasija. Se dejaba todo reposar al sol durante siete días y se removía durante veinte más. El jugo clarificado que se recogía en un cesto donde se separaban las partes sólidas de las líquidas, era el garum, los posos que quedaban en el recipiente se conocía como allec, producto menos refinado y de peor calidad. También se realizaba en fabricas, en depósitos se disponían capas alternas de pescado limpio y troceado, y sal hasta llenarlo. La última capa de sal, más gruesa, cubría totalmente los trozos de pescado y se evitaba en contacto con insectos. Una vez transcurridos veinte días, el producto era retirado de los depósitos para ser introducido en ánforas que se cerraban herméticamente, éstas se guardaban en los almacenes hasta su posterior entrega. El proceso se podía acelerar aplicando calor, por lo que algunas instalaciones, disponían de salas calientes.

Conocemos, por ejemplo, el garum a la sangre, elaborado a partir de las vísceras del atún, y el garum negro o garum sociorum, fabricado con caballa, ambos considerados en la antigüedad como dos de las mejores variedades de garum. Existían, además, otros tipos de salsas de pescado, aunque de menor calidad, la muria y el liquanen .

Entremeses,  Gustaticium

Se dispone en un un plato medio huevo cocido, a su alrededor se colocan unas aceitunas negras y verdes. Alrededor se disponen el resto de alimento como si fueran las horas de un reloj: alcaparras, dátiles, nueces, pistachos, albaricoques secos, sobre el libum, tipo de pan como si fuese una hogaza, se unta:  allec, restos sólidos del garum; moretum, pastel de queso con ajo; epityrum, pate de aceitunas trituradas.

Pulpo, Polypus

Hervir el pulpo con laserpicium (condimento de hinojo gigante silvestre del norte de Africa) y cebolla. Una vez cocido, servirlo en finas laminas con una salsa de pimienta, garum, jengibre picado y eneldo fresco picado.

Puré de verduras

Cocer apio en agua con carbonato sódico, escurrirlo y cortarlo en pequeños trozos. Picar en un mortero pimienta, ligústico, orégano y cebolla y macerar con vino, garum y aceite. Cocerlo en una olla hasta que hierva y luego mezclarlo con el apio.

Puré de habas a la viteliana, Fabam Vitellianam

Se cuecen las habas en agua salada con un puerro, cilantro y flores de malva. Triturar pimiento, ligústico (especia) y semilla de hinojo, y añadirlo junto con garum vino y aceite. Cuando esta todo cocido, se mezcla y tritura para lograr un textura cremosa. Se sirve en un plato y se le añade un chorrito de aceite de oliva por encima.

Sopa de cebada, Tisanam barricam

Poner a remojo lentejas, garbanzos y guisantes secos. Moler la cebada o trigo si no se tiene, añadirla a la mezcla anterior y hervir con abundante agua condimentada. Luego añadir puerros picados, aceite de oliva, anís, cilantro, eneldo, hojas de malva y de berza. Antes de acabar de cocer añadir orégano, apio machacado y eneldo. Servirla con cebollinos tiernos picados.

Cocido de Pollo

Ingredientes: 2 tazas de extracto de pollo, 1 pechuga de pollo deshuesada, ½ taza + 2 cucharaditas de manteca, 350 grs. de lengua de vaca ahumada, en rodajas finas, ½ taza de setas, picado grueso, 350 gr. de fideos lasaña, 12 tazas de caldo de pollo, ½ cucharadita de pimienta negra, 1 pizca de nuez moscada, ¼ de cucharadita de zumo de limón, sal, a gusto.

Poner a hervir el extracto de pollo en una cacerola y cocinar en él la pechuga de pollo. Escurrir la pechuga y moler la carne. Derretir las dos cucharaditas de manteca en una sartén y saltear ligeramente con las setas. Retirarlos con una espumadera y conservarlos en calor. En la misma sartén saltear ligeramente los trozos de lengua, agregando manteca solo si la sartén se seca. Conservar los trozos de lengua en calor. Poner a hervir bastante agua con un poco de sal en una olla grande y echar en ella los fideos lasaña. Escurrirlos de inmediato y pasarlos con agua fría. Poner el caldo a hervir en otra olla, hasta que se reduzca a la mitad. Agregar la margarina restante, la pimienta y la nuez moscada. Poner los fideos a fuego lento en este líquido durante 20 minutos y retirar de la llama. Traspasar los fideos a un bol grande. Tapar la olla con el caldo hasta su uso posterior. Agregar la pechuga de pollo molida a los fideos y mezclar bien con una cuchara de madera. Presentación, poner una capa de fideos en una sopera. A continuación distribuir una capa de trozos de lengua, y encima de ellos las setas. Continuar con las capas en este orden hasta terminar con los fideos y la lengua. Verter el caldo y servir de inmediato.

Jamón con pasteles, Perna ex musteis

Hervir la pierna de cerdo con 600gr. de cebada y 25 higos secos. Cuando se haya cocido quitar la piel y pasar por el fuego para quitar la grasa, luego cubrir la piel y cocinar en el horno. Mientras tanto preparar una salsa consistente en una mezcla de vino, de uvas pasa, ruda y mucha pimienta. El jamón se sirve en lonchas con esta salsa, junto con unos higos y pastelitos impregnados con el jugo de la cocción del jamón.

Pata de cerdo

Poner a cocer la pata de cerdo con muchos higos y tres hojas de laurel. Una vez cocida, sacarle la piel y cortar unos cuadraditos que se rellenarán con miel. A continuación se envuelve con harina y aceite, de manera que quede recubierta por una capa protectora. Meterla al horno y cuando esté bien cocida, sacarla y servir.

Cerdo con albaricoques

Ingredientes: Paletilla de cerdo, cebollas, vino, aceite de oliva, pimienta negra, comino, menta seca, eneldo, miel, vino de pasas, orejones o albaricoques y garum . Elaboración: Poner en una cacerola aceite, vino y garum; picar las cebollas y cortar en cuadrados la paletilla de cerdo ya cocida. Cuando esté todo bien hecho, picar pimienta, comino, menta seca, eneldo y rociar con miel. Añadir garum, vino de pasas, vinagre en poca cantidad y amalgamar bien. Echar unos albaricoques u orejones, dejar hervir hasta su completa cocción. Espolvorear con pimienta y servir.

Cabrito al estilo parto, Haedum Particum

Meter en el honor ya caliente el cabrito untado en aceite de oliva. Picar y mezclar, pimienta, ruda, cebolla, ajedrea, ciruelas de damasco, laserpicium (condimento de hinojo gigante silvestre del norte de Africa), garum y aceite. Hervir la mezcla con vino y añadir al cabrito. Servir con vinagre.

Flamenco asado

Se pela el ave, se lava y se asa con eneldo y un poco de vinagre. Poner en un mortero pimienta, cominos, cilantro, menta, ruda, cebolla seca, sésamo tostado, dátiles, machacarlo todo y trabajarlo con miel, vino, garum, vinagre y aceite. Rociar la mezcla sobre el ave y servir.

Fruta

Plato de melocotones. Limpiar unos melocotones duros, cortarlos en trozos, cocerlos en agua y ponerlos en una bandeja. Echar unas gotas de aceite y servir con salsa de comino.

Natillas

Se pone leche en un recipiente y se mezcla con miel. Se calienta a fuego suave y se retira, añadiendo las yemas de huevo batidas con canela. Mezclar bien y pasar con colador, para obtener una mezcla suave. Poner en moldes individuales y meter en el horno al baño maría y cocinar durante una hora a fuego suave. Servir espolvoreado con pimienta.

Dulces

Sacar el hueso de unos dátiles, rellenar de nueces y piñones o de pimienta molida. Envolverlos con sal, freírlos en un recipiente con miel cocida y servir.

Espirales dulces al queso, Encytum

Mezclar queso y harina de farro (cereal) a partes iguales. Coger un embudo ancho (manga pastelera)  y realizar las espirales. Freilas con manteca. Servir con miel o milsum (vino blanco con miel).


 

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